miércoles, 7 de marzo de 2012

El olor de la tristeza

El dolor era irreparable. Tenía la extraña sensación de que tarde o temprano oiría la puerta de casa y acto seguido sus brazos me rodearían, mientras su voz suave y frágil me susurra un te quiero al oído.

Pero estoy cansado de esperar, sé que ya no la tengo, que un injusto accidente de tráfico me la ha arrancado de los brazos.

Pero, ¿por qué a ella?, me lo he preguntado miles de veces y me atormenta no encontrar respuesta. Sólo tenía treinta y tres años y un futuro brillante que afrontar. Nadie puede imaginar que aquella noche, mientras el resto de las personas disfrutaban jugando con sus hijos o haciéndose fotos, la nieve le jugaría una mala pasada en aquella curva, viniendo del trabajo.

Por lo tanto, yo no estoy dispuesto, no quiero sentir el crujir de la nieve en mis pisadas, me destroza las tripas y siento náuseas. Es difícil de comprender como la alegría y la furia, ambas, están separadas por una delgada línea.

Por eso entendí que no debía seguir aquí, que mi sitio estaba con ella. Si continúo en esta vida no seré yo, seré materia sin alma, sin sentimientos, sin razón…..sin corazón.

Aquella mañana me levanté, no me preocupó la hora desde que deje el trabajo, de fondo sonaba la sintonía de Radio Nacional de España como despertador. Era lunes, por lo tanto las ondas emitían “En Días Como Hoy”, pero mi mente estaba en otro lugar, en aquella curva, en aquel precipicio.

Pensé en mis padres, en mi hermana pequeña, pero quizá los kilómetros que separan Salamanca de Lillehammer y las escasas veces que lográbamos vernos, hacían más tenue el sentimiento de culpabilidad por lo que iba a hacer.

Me vestí con aquella camisa que ella me regaló en mi último cumpleaños, le encantaba quizá más que a mí, pero el placer de que la mujer más maravillosa del mundo te mire enamorada provocaba que me la pusiera con frecuencia. Me impregné de su perfume, quería oler a ella, no hay nada más intenso que los recuerdos que produce el olor, quizá mucho más que una imagen o que la palabra.

Bajé al garaje dispuesto a emprender mi huida, a apartarme de donde ya no tengo sentido. Me encuentro lleno de furia, de ira, de rabia…..se me fue lo que más quería, lo que me motivaba a seguir lejos de mi hogar, el empujón que me despojaba de mi absurda timidez, creo que se me fue la vida con la suya.

Me separaban diez kilómetros del fin, los mismos diez kilómetros que separaron a Carla de su vida y de la mía.

Emprendí el viaje y para despejar mi cabeza, encendí la radio, seguía sonando el mismo programa que dejé en casa de Radio Nacional de España y ahora sí, en ese momento una voz hizo que mantuviese mi atención hacia ella.

Era un cuento, descubrí que quien lo contaba era Jorge Bucay y si mal no recuerdo se titulaba “La Tristeza y la Furia”. Me entró dentro desgarrando mi alma, me hizo comprender como la furia se había vestido de tristeza y que debería despojarme de sus ropajes. Me estaba superando mi propia furia.

En ese mismo instante llegué a la maldita curva, me aparté al arcén, baje del coche y mirando hacia el precipicio dónde se fue mi vida, entendí que debía dejar florecer mi tristeza apartando de mi lado a la furia.

Cogí el teléfono llame a mi madre y llorando le suplique que me ayudara a seguir vivo. Hoy seis años después en mi Salamanca natal, vuelvo a vivir acompañado de mi tristeza, alejado de la furia y con el olor de Carla como mi mejor recuerdo.

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